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19 junio 2018

Cartas para Ti, 19 de Junio 2018





Querida Isabel

Ha pasado ya un año y de veras que durante todo este tiempo he intentado asumir tu ausencia. He aprendido a dibujarte de memoria, a tocarte de memoria, incluso a quererte de memoria. Pero es en las tardes oscuras de este frío invierno cuando tu recuerdo se hacer más presente y veo tu rostro reflejado en las paredes de mi cuarto, ahora vacío y silencioso, como si tu voz me susurrase al oído que ha llegado el momento de volver a soñar.

Nada consigue arrancarme de la mente tu imagen, tus grandes ojos verdes observándome, tan expresivos, tan llenos de bondad. Pero sé perfectamente que nada es real, que por mucho que trate de despertar por la mañana con ánimo de abrazarte, jamás lograré acercarme a la ilusión de tu cuerpo, de tu mirada.

En más de una ocasión he llegado a pensar que me estoy volviendo loco, pero en vez de miedo o frustración solo siento incredulidad, puesto que al llegar al trabajo y encontrarme con la misma gente de siempre, descarto la idea de una posible pérdida de juicio, a pesar de que Isabel, mi querida Isabel, intentes demostrarme lo contrario con tu extraño poder sobre mi mente, sobre mi alma...

La casa está hoy más fría que nunca, sin el calor ni el ruido de los niños. Mientras espero a que regresen, sigo escribiendo esta carta, que como todas las demás, acabará guardada en tu caja verde, sin que jamás llegue a ser abierta. Te escribo, aunque resulte realmente complicado concentrarse en ello cuando hace tan sólo unas horas he vuelto a despertar con la angustia pegada a las sábanas y la inquietud adherida a los labios. He soñado de nuevo contigo, y esta vez todo parecía más auténtico que nunca, yo parado en la nada sin poder mover un solo músculo, tú sonriente y hermosa, mirándome fijamente.

Ven conmigo, repites siempre, como si semejante enunciado, suspendido entre la súplica y la exhortación, pudiese evocar algún poder ineludible.

Supongo que mi vida sería mejor sin tu reflejo escondido en los espejos, pero es mi “otro yo” el que se niega a aniquilar de una vez por todas, tan inquietante producto de esta mente agotada. A veces me río de mi propia paranoia, pero otras creo incluso sentir tu presencia tangible y real llenándolo absolutamente todo, caminando con tranquilidad por los rincones infinitos de mi cuarto...

Isabel, mi dulce Isabel. El tuyo es sin duda un nombre hermoso, una melodía singular que parece salir de debajo de mi cama y me hace sentir como en un sueño sin final, que queda abierto siempre para repetirse incansablemente cada nueva noche, en cuando a mis ojos les vence la necesidad del descanso y el sosiego. Ojalá pudiera desprenderme de tu ambigua influencia...

A veces, sólo la rutina diaria consigue sacarme de este estado inexplicable y, ahora que oigo que alguien está abriendo la puerta, consigo recordad que es Navidad. Ya casi había olvidado que mañana, cuando vuelva a despertar – pensando, seguro, en tí- me hallaré en 2006. Pasa tan rápido el tiempo...

Ven conmigo, me susurraste. A pesar de lo confuso del sueño, estoy absolutamente convencido de que es esa frase la que pronunciaron tus dulces y finos labios. Eras tú. No podías ser más que tú.

Sintiendo que las manos me temblaban sin control, como si repentinamente estuviese viéndome a mí mismo en una película, levanté ligeramente la mirada pero ya no estabas en el mismo lugar, sino que habías echado a andar por la acera, deprisa, dándome la espalda. ¿Dónde ibas? Cómo es posible que pretendieras marcharte ahora que por fin te había recuperado... Dispuesto a seguirte, me dirigí a cruzar la calle al tiempo que vi como tu figura comenzaba a confundirse entre la gente que caminaba calle abajo...

¡Isabel!

Oí mi voz gritar al vacío, avanzando hacia la carretera, pero tú ni siquiera te volviste.

Súbitamente, sonó un pitido que llenó todo el silencio, arrancándome con la brusquedad de lo inesperado, algo más que la contemplación de tu imagen ausente... Giro la cabeza y... ese maldito coche otra vez.

Una señora se detiene espantada en medio de la acera. Antes de echarse a gritar, se tapa la boca con las manos en un acto reflejo, sin poder remediar la impresión que le produce el choque frontal de aquel coche contra una joven que sale despedida por los aires para quedar después tendida sobre el asfalto.

Entonces puedo ver mi rostro, ese mismo rostro que te seguía sólo unas décimas de segundo antes... rostro soñador que no sabe despertar a tiempo...

Te echo tanto de menos, Isabel.

Con todo mi amor.



Autor : Ismael González González





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